River en caída libre: perdió de local con Rosario Central en su quinta derrota consecutiva y los hinchas explotaron

El Monumental explota. Es un hervidero como pocas veces en más de 10 años. Rosario Central le acaba de poner la gota que terminó por desparramar en catarata el agua del vaso: River se desangra en la cancha y en las tribunas, como nunca desde la salida de Daniel Passarella, se canta “la comisión, la comisión” y “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. La paciencia, inexistente ya, queda olvidada en una tormenta de silbidos. No hay refuerzo ni dólar que pueda tapar la paupérrima imagen de un equipo que empieza a ser histórico por lo malo.

Es una derrota más. La cuarta en el semestre. La quinta consecutiva en el ámbito local, algo que no pasaba desde 1911, cuando el presidente del país era Roque Sáenz Peña y faltaba un año para que el voto fuera secreto y obligatorio. Una costumbre ya. No hay peor cosa que acostumbrarse a perder y River, peligrosamente, lo hizo. Encima, merecido: Coudet toca y modifica, pero a su equipo le faltan demasiadas ideas como para hacer daño.

Va por impulso, porque tiene que atacar, porque sabe que la regla #1 del fútbol dice que este juego lo gana el que más veces emboca la pelota en el arco del rival. Pero no sabe cómo hacerlo. Y este partido no fue como los anteriores, en los que se le metieron atrás: Central le peleó adelante, le dejó espacios y muchos momentos le cedió la pelota, pero nada. Si estuvo cerca de empatarlo fue porque a Ledesma se le escapó una pelota insólita o por alguna arremetida que forzó un par de buenas tapadas del arquero.

Pereyra pasa de titular a entrar menos de 10’ y a titular de nuevo. Freitas, el mejor en La Plata, repite a ver si con su enorme corazón y talento puede sostener una torre que se derrumba. Entra Juan Cruz Meza. Lo mismo hace sobre el final Valentín Lucero para tirar unos centros por izquierda. River, el River de los millones, el que antes de jugar con los rosarinos había quedado cerca de cerrar a Almada, deposita sus ilusiones en chicos de 18, 19 y 20 años. Para colmo, la diferencia es un tanto en contra de Otamendi, con mala suerte. Todo es improvisado, salvo el resultado.

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